Las sillas musicales

Mario Diego Rodríguez - 13/10/2026

Desde el anuncio de nuevas elecciones, los socios del PSOE, que hicieron posible la gobernabilidad de las dos coaliciones sucesivas y sostuvieron sus principales acuerdos parlamentarios, trabajan en la elaboración de una lista común para concurrir a estos comicios con una imagen renovada de unidad.

Al parecer, el Frente Amplio —IU, Más Madrid, Sumar y Comuns— ya tiene candidata: Ada Colau. No me detendré en los cuatro partidos que integran este Frente, que podrían resumirse en dos palabras: «más de lo mismo». Me centraré, en cambio, en la elaboración de ese plato único salido de las cocinas del conglomerado situado «a la izquierda del PSOE», una fórmula que pretende presentar como novedad lo que ya conocemos de sobra.

El comunicado conjunto de los cuatro partidos destaca la idoneidad de Ada Colau para asumir el liderazgo de la coalición y encabezar esa oferta electoral. La misma Ada Colau que, cuando era alcaldesa de Barcelona, pidió a los trabajadores del Metro que desconvocaran la huelga antes de sentarse a negociar. «Todo el mundo sabe que una huelga es incompatible con una mesa de negociación». ¿En qué se diferencia eso de lo que sostiene la patronal cuando reclama paz social? Quizá lo más importante fuera que el MobileWorld Congress pudiera celebrarse sin incidencias ni molestias para los grandes intereses empresariales. Todo un símbolo.

El mismo texto común hace un llamamiento «a la unidad de todas las izquierdas». Entonces, ¿el PSOE no es de izquierdas? ¿Participaron en un Gobierno liderado por un partido de derecha o de centroderecha? Resulta especialmente curioso que los Comuns acusen a Rufián de hacer todo lo posible por dividir a las izquierdas. Esto confirma que, para el Frente Amplio, el PSOE no es de izquierdas; sin embargo, están dispuestos a todo para volver a ocupar espacio en un nuevo Ejecutivo dirigido por él.

Mucho me temo que, en realidad, lo que está en juego no son los intereses de la clase trabajadora, ni la defensa consecuente de sus condiciones de vida, sino el interés propio de conservar sus asientos, no solo en el Parlamento, sino también en el Ejecutivo y en las instituciones.

A esta contradicción se suma la ausencia de un balance serio de su paso por el Gobierno. Tras años de participación institucional, las promesas de transformar las condiciones de vida de la mayoría trabajadora chocan con la persistencia de la precariedad, el encarecimiento de la vivienda y la subordinación a las exigencias de los grandes intereses económicos. La lista unitaria puede servir para ordenar siglas, repartir puestos y maquillar las diferencias internas, pero no resolverá por sí sola la falta de un programa independiente de la clase trabajadora.

No queda otra: hay que desbordar la huelga general para provocar una crisis política profunda y convertirla en un proceso revolucionario que conduzca a la toma de los medios de producción por parte de quienes los hacen funcionar cada día.