Que me lleven a mí o que se lleven a los míos, ya que todos los cementerios acaban convirtiéndose algún día en jardines.

 

En 1997, cuando automatizaron nuestra barrera, mi marido y yo perdimos el trabajo. Salimos en el periódico: éramos las últimas víctimas colaterales del progreso, los empleados que accionaban la última barrera manual de Francia. Para ilustrar el artículo, el periodista nos hizo una foto. Philippe Toussaint incluso me rodeó la cintura con un brazo al posar. A pesar de mi sonrisa, Dios mío, qué tristes se ven mis ojos en esa imagen.

El día en que se publicó el artículo, Philippe Toussaint regresó de la antigua ANPE con el alma encogida: acababa de comprender que tendría que ponerse a trabajar. Se había acostumbrado a que yo lo hiciera todo por él. En lo que a pereza se refiere, con él me había tocado el gordo: los números ganadores y el premio mayor que los acompaña.