La decisión de Sánchez de adelantar las elecciones era casi inevitable tras el rechazo de los decretos sobre vivienda. A ello se suma que, incluso si el Gobierno hubiera llegado a presentar los presupuestos generales, era poco probable que lograran aprobarse. Estas son, previsiblemente, las razones que motivaron el adelanto electoral.
La certeza de que la situación económica no jugaría a su favor —con una inflación prevista del 4,9 %— también debió de influir en la decisión. En su discurso, Sánchez volvió a recurrir a una retórica centrada en ensalzar algunas de sus medidas sociales más moderadas.
Los datos positivos sobre el crecimiento económico, de los que presume, contrastan con la realidad de la clase trabajadora, que padece un deterioro de sus condiciones de vida: salarios insuficientes, problemas de acceso a la vivienda y aumento de los precios, sin olvidar la situación de la sanidad y la educación. Aunque estos indicadores han contribuido a alimentar ciertas expectativas, difícilmente le servirían de gran ayuda.
Asimismo, el descontento con el Gobierno de coalición del PSOE y Sumar ha crecido considerablemente entre numerosos trabajadores. El malestar responde a políticas que no se han puesto en marcha o que no han llegado a buen puerto durante los ocho años de legislatura, tanto en materia de vivienda como en cuestiones como la derogación de la ley «mordaza».
La reacción del PP y Vox ante la convocatoria anticipada de elecciones no se ha hecho esperar, pese a su desconcierto inicial. Hasta la expulsión de Maricarmen, la crisis de Ceuta les ofrecía el escenario más favorable para su campaña racista y sus expectativas electorales. Feijóo, sin embargo, ha expresado su satisfacción, convencido de verse «por fin» como futuro presidente del Gobierno. No obstante, su discurso revela cierta falta de confianza: ha vuelto a agitar la amenaza del fraude electoral, siguiendo la estela de Ayuso y Vox, fieles vasallos del trumpismo. Mientras tanto, es raro escuchar al líder del PP hablar de propuestas programáticas más allá de su voluntad de derogar todo lo progresista que haya podido impulsar el «sanchismo», de su obsesión contra las huelgas y de eslóganes como «PSOE o democracia» o «España contra el PSOE».