Sustituir la inteligencia humana o liberarla

Los avances recientes en informática y sus posibilidades de aplicación en todos los ámbitos son vertiginosos: diagnósticos médicos y cirugías asistidas por ordenador, robots cada vez más autónomos, predicción de catástrofes naturales, entre muchos otros. Sin embargo, como ha ocurrido con toda gran transformación tecnológica desde la primera revolución industrial, estas innovaciones también generan inquietud: podrían destruir millones de puestos de trabajo, extender la vigilancia, facilitar la desinformación a gran escala y dar lugar a armas capaces de matar sin intervención humana.

Pero los ordenadores, por muy perfeccionados que estén, siguen siendo ante todo máquinas. El impacto en la sociedad de los últimos avances en informática dependerá, en primer lugar, de quién utilice estos descubrimientos y con qué objetivos: los avances de la química a principios del siglo XX permitieron producir tanto fertilizantes con los que alimentar a toda la humanidad como gases de combate letales. Lo mismo ocurre con la radioactividad, que permite tratar el cáncer y producir energía, pero también fabricar bombas.

La expresión «inteligencia artificial» sugiere que el funcionamiento de estos programas es equivalente al de nuestro cerebro. Sin embargo, esta idea es errónea: aunque los ordenadores puedan realizar tareas sorprendentes, las capacidades de la inteligencia humana son incomparablemente más amplias. Negar esta diferencia supone subestimar a la humanidad y su potencial. Aun así, estas ideas están cada vez más extendidas.

Hablar de inteligencia porque una máquina realiza una tarea que hasta ahora requería intervención humana supone confundir la inteligencia con la automatización. La ambición de crear una «inteligencia artificial» es tan antigua como la propia informática.

El principio básico de los primeros programas consistía en probar todas las respuestas posibles a una pregunta hasta encontrar la correcta. Sin embargo, este enfoque solo funciona con problemas sencillos. Por ejemplo, para generar un texto, es posible almacenar en un ordenador todas las palabras de un diccionario y las reglas gramaticales. Pero el número de textos que pueden construirse con esos elementos es infinito, y la inmensa mayoría carece de sentido.

El funcionamiento de la inteligencia humana es mucho más complejo que cualquiera de los mecanismos de entrenamiento utilizados para que un ordenador ofrezca la respuesta adecuada. A diferencia de los algoritmos de aprendizaje automático, la inteligencia humana no se limita a reproducir lo que ya se ha hecho en el pasado.

El dominio del fuego, la agricultura, la escritura y, más recientemente, el descubrimiento de la electricidad o los antibióticos son ejemplos de ello. La mayoría de los avances revolucionarios en la historia de la humanidad han sido fruto de la experimentación y el azar. En ellos, la necesidad de adaptarse para sobrevivir y la curiosidad han desempeñado un papel tan importante, o incluso mayor, que la investigación sistemática.

Los ordenadores son incapaces de replicar este proceso, pues la curiosidad, el instinto de supervivencia y la multitud de sentimientos y emociones que intervienen constantemente en nuestras reflexiones no pueden reducirse a unas pocas ecuaciones. A diferencia de la inteligencia artificial, nuestra inteligencia no ha sido creada, es el fruto de una evolución biológica y, más tarde, social, desarrollada a lo largo de millones de años. Precisamente ello le confiere la capacidad de explorar caminos desconocidos, sin un objetivo definido de antemano.

Esto cobra aún más importancia si se tiene en cuenta que una característica esencial de la humanidad es su capacidad de no limitarse a adaptarse pasivamente a las presiones del entorno, sino de transformarlo para adecuarlo a sus necesidades. El trabajo ha desempeñado un papel decisivo en el surgimiento del pensamiento, pues implica proyectarse hacia el futuro y planificar las acciones anticipando sus consecuencias.

Este proceso no es fruto de una mente aislada, sino que tiene un carácter social. Para organizar el trabajo colectivo, la humanidad ha creado lenguajes y conceptos que han contribuido de manera decisiva al desarrollo del pensamiento abstracto.