El imperialismo nos conduce hacia una guerra total

 

Mario Diego Rodríguez - 04/03/2026

 

Este último sábado, tras varias semanas acumulando fuerzas militares en el Mediterráneo y fingiendo negociar la paz con los dirigentes iraníes en Ginebra, Estados Unidos e Israel lanzaron un ataque masivo sobre Irán causando, según afirma la Agencia de Noticias de Activistas de Derechos Humanos con sede en Estados Unidos, más de 1000 muertos.

Irán no tardaría en responder bombardeando Israel y los territorios regentados por las monarquías del Golfo Pérsico. Mientras, Israel bombardea Beirut y el sur del Líbano. La decisión tomada por parte de Trump y Netanyahu de iniciar la guerra contra Irán acabaría incendiando Oriente Medio.

Probablemente muchos iraníes se alegraron al saber que sus principales verdugos, entre ellos Ali Khamenei habían muerto. No obstante, quienes presentan esta guerra como la liberación de la población de las garras de un régimen aborrecido son unos mentirosos.

Quienes bombardean a los pueblos nunca lo hacen para liberarlos. Detrás de los ataques contra Irán, el imperialismo estadounidense convierte el terror en una herramienta negociadora al servicio de sus intereses.   

Desde hace tiempo, el imperialismo estadounidense tramaba una guerra cuyo principal objetivo era mantener y ampliar su dominio en todo el planeta. Las mentiras esgrimidas por Trump sobre la lucha contra el totalitarismo no engañan a nadie.

Nunca se trató de defender la democracia en Irán, esa misma democracia que Trump pisotea cada día, sino de conquistar una región para regalarla a sus multinacionales.

Los dirigentes de cada uno de nuestros países, cegados por la acumulación de riqueza nos empujan hacia una guerra generalizada. En este caso, como siempre, se trata de defender los intereses particulares de los buitres que explotan y pisotean a la clase trabajadora.

El vertiginoso rearme de los países, caracterizado por su potencia letal y destructiva será sustentado por la clase trabajadora a quien como de costumbre le tocará sufragar los cuantiosos gastos de esta guerra.

Lo peor es que nos sentimos incapaces de impedirlo, lo cual es un drama porque la única fuerza capaz de poner fin a tal desastre es precisamente la nuestra, la de los explotados.

¿Cuántas muertes más habrá que lamentar hasta que logremos tomar conciencia del peso que nuestra clase tiene en la sociedad para acabar con los explotadores y belicistas? Por lo tanto, es urgente que nos organicemos para luchar contra una clase dirigente que pone en peligro a toda la humanidad.