I
La espontaneidad en cuestión y las movilizaciones masivas
Mario Diego Rodríguez - 21/01/2026
La espontaneidad puede adoptar dos formas. Por un lado, la que surge de la ira inmediata en cualquier barrio de una ciudad y desemboca en una batalla campal en la que participa parte de la vecindad. Puede estar provocada por una intervención policial desmedida o, simplemente, por el hartazgo de pasar todo un día sin luz. Por otro lado, está el movimiento espontáneo que nace de la huelga de un gremio obrero en un sector concreto y termina extendiéndose al conjunto del gremio, e incluso a otros sectores, sin que los sindicatos hayan intervenido en su origen. También puede surgir del simple cansancio de la población ante las políticas de quienes gobiernan.
El segundo caso despertaría más simpatía entre la parte más consciente de la población que el primero, pese a tratarse igualmente de una movilización espontánea. En él se percibiría una toma de conciencia por parte de la clase trabajadora y, aun sin participar directamente, muchas personas se sentirían solidarias con ella.
Sin embargo, el razonamiento podría ser el mismo en el primer caso. Aunque la población repudie la violencia en general, también podría interpretarse como una toma de conciencia por parte de los vecinos del barrio. Estos consideran que el aparato del Estado nunca interviene cuando se le necesita o que, cuando lo hace, actúa sin miramientos mediante el envío de las fuerzas y cuerpos de seguridad.
Tanto en un caso como en el otro, los protagonistas comprenden que, para obtener resultados, es necesario organizarse y exigir al Gobierno que actúe. No obstante, salvo los sectores más conscientes, no relacionan esa toma de conciencia con el carácter de clase de su lucha. Así, terminan aceptando lo que el reformismo les ha inculcado: pedir a quienes gobiernan que resuelvan sus problemas, ya sea al propio Estado o a la patronal. De este modo, se topan con los límites políticos del sindicalismo.
Por eso, la verdadera toma de conciencia necesaria para superar los límites del sindicalismo —lo cual no significa que el sindicalismo no sea necesario— solo puede surgir de la existencia de un partido que ofrezca un objetivo político capaz de prolongar la lucha. Un partido cuya finalidad no sea pedir, sino acabar con el régimen político que la patronal utiliza para mantener a la población en el papel que le ha asignado: trabajar sin rechistar o soportar, por falta de mantenimiento, el nefasto funcionamiento de determinadas estructuras de la ciudad.
Es cierto que el sindicalismo no excluye la dimensión política de sus luchas reivindicativas, pero su enfoque no es el mismo que el de un partido cuyo objetivo final sea derrocar a la burguesía capitalista. Aunque hoy, en ocasiones, resulte difícil distinguirlos, no es tanto porque los sindicatos se hayan convertido simultáneamente en sindicatos y partidos, sino porque los partidos se han convertido, políticamente hablando, en sindicatos.
Tomemos como ejemplo un lema que ha vuelto a cobrar fuerza tras la guerra de Ucrania o la intervención estadounidense en Venezuela. No es lo mismo decir: “Fuera de España las bases de la OTAN” que afirmar: “Requisemos las bases de la OTAN en España y enviemos a los soldados a sus casas”. Esta última consigna supone, además, conservar todo el material militar como forma de pago. Es solo un ejemplo: hoy ninguno de los dos lemas resulta especialmente eficaz —como tampoco lo fueron las movilizaciones masivas cuando el Gobierno de González decidió aceptar la permanencia en la OTAN—, ni constituye lo más importante o movilizador para avanzar hacia el objetivo deseado: la apropiación de los medios de producción.
No obstante, imaginemos que logramos crear un movimiento de masas consecuente, capaz de obligar al Gobierno de turno a deshacerse de las bases de la OTAN. ¿No estaría ese movimiento en condiciones de tomar el poder y ocuparse por sí mismo de requisarlas?
Ahí reside la diferencia entre una reivindicación política reformista o sindicalista, que personalmente considero una cortina de humo, y una reivindicación revolucionaria.
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