La izquierda al servicio del capital (Fin)
Defendiendo las reglas del imperialismo
Mario Diego Rodríguez - 8/10/2026
Más allá del simbolismo de sus posturas políticas, el presidente del Gobierno no cuestiona en absoluto el orden imperialista. Por mucho que trate de presentarse como el «anti-Trump», en oposición a la política de Estados Unidos, solo lo hace en nombre de la legalidad internacional y apelando a la ONU, que, según él, habría contribuido «en estos últimos setenta y cinco años a crear el periodo más estable y próspero de la historia de la humanidad». Como si, durante ese mismo período, los ejércitos de los países ricos —incluido el nuestro— no hubieran sembrado el caos y la destrucción en regiones enteras para saquear recursos y acaparar mercados.
España acogió con los brazos abiertos a los opositores de Maduro y, cuando Estados Unidos lanzó su operación militar en 2025-2026, las críticas de Sánchez fueron moderadas respetando las líneas rojas establecidas por Trump. No hay que olvidar que, entre las empresas beneficiarias de las nuevas concesiones para explotar el petróleo venezolano, se encuentra el grupo español Repsol.
En cuanto a la guerra en Ucrania, el Gobierno español se ha consolidado como uno de los defensores más firmes de la OTAN. Ha enviado armas y fondos al Estado ucraniano, dejando de lado una cierta tradición nacional contraria a la Alianza. Además, el presupuesto militar se ha triplicado en los últimos seis años, hasta alcanzar su cifra más alta de la historia reciente, y continúa aumentando.
Por último, España también figura entre los principales exportadores de armas del mundo. Aunque se sitúa muy por detrás de Estados Unidos y Francia, no obstante ocupa el noveno puesto y sus ventas han aumentado un 30 % desde 2018.
España cuenta con algunos referentes en la industria armamentística: Airbus Military en el ámbito de la aviación; Navantia en el de los buques de guerra —exportados, entre otros destinos, a Arabia Saudí—; e Indra en el de los sistemas electrónicos destinados a la vigilancia y el combate.
Aunque España pueda parecer más contenida que otros países europeos, cuyas políticas belicistas preparan abiertamente la población para la guerra, el Gobierno de Sánchez también avanza en esa dirección. Asimismo, ha demostrado su capacidad para movilizar al ejército, aunque últimamente lo haya hecho sobre todo contra las poblaciones más pobres.
En realidad, Sánchez no es más que el heredero de una larga tradición de la izquierda que ha utilizado su credibilidad entre las clases populares para hacerles aceptar la continuidad del sistema capitalista y todas sus catástrofes.
A finales del franquismo, durante los años setenta, la burguesía española necesitaba volcar, sin sobresaltos, de la dictadura franquista a una monarquía parlamentaria. Frente a una combatividad obrera ampliamente expresada, su mejor baza fue la actitud de los partidos de izquierda.
Durante la Transición, estos últimos, hicieron todo lo posible por canalizar las huelgas y manifestaciones, al tiempo que negociaban con un aparato estatal franquista que apenas había cambiado de gobierno. Las organizaciones sindicales, algunas de las cuales habían encabezado luchas decididas desde la ilegalidad, se transformaron rápidamente —como ocurrió en otros países— en gestoras de un supuesto diálogo social.
Las próximas elecciones no cuestionarán la evolución catastrófica del capitalismo, ni en España ni en ningún otro lugar. Una victoria de la derecha, posiblemente aliada con la extrema derecha, no sería sino el reflejo político de la deriva reaccionaria de la sociedad.
Sin duda, esta perspectiva conlleva graves peligros para la clase obrera española. Sin embargo, sería un error creer que la actual izquierda de gobierno pueda constituir un bastión frente a esta evolución.
La salvación no vendrá de ningún salvador supremo, sino de quienes lo producen todo y hacen que todo funcione: la clase trabajadora.
Quienes se preocupan por la deriva reaccionaria de la sociedad, el avance hacia la guerra, las amenazas que se ciernen sobre el clima y el planeta, y el riesgo de una crisis económica aún peor que las del pasado, deben partir de un enfoque claro: el capitalismo no es el único sistema posible de producción y distribución de la riqueza, y además puede ser derrocado. Prepararse para acabar con este sistema es el único objetivo político que puede sacarnos del atolladero en el que nos encontramos.
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