Los designios de China son impenetrables (1)
Lutte Ouvrière (revista mensual Lucha de clases 246)
China, ese vasto país de historia milenaria, ha sido visto por Occidente como un universo aparte, a menudo misterioso, especialmente desde que los europeos intentaron introducir allí sus mercancías. Incluso tras el cierre de sus puertos al comercio occidental, el confinamiento de los europeos en barrios específicos y las dos guerras del opio impuestas por Gran Bretaña, China mantuvo una firme resistencia a la injerencia extranjera. Esa postura se reforzó aún más con la gran revolución campesina liderada por Mao en nombre del comunismo.
Hasta tal punto llegó ese aislamiento que, en 1971, el anuncio de un partido de ping-pong en China entre los equipos chino y estadounidense y, un año después, el apretón de manos entre Richard Nixon, presidente de Estados Unidos, y Mao Zedong en suelo chino, se vivieron casi como acontecimientos de alcance mundial: por fin, China se abría a Occidente.
Cuando, en 1984 —tras nada menos que doce años de espera—, China participó por primera vez en unos Juegos Olímpicos, celebrados en Los Ángeles, la impresión quedó confirmada. Parecía que el país se incorporaba definitivamente al concierto de las naciones, especialmente porque Deng Xiaoping, entonces al frente del Partido Comunista Chino, promovía con su beneplácito iniciativas individuales de carácter capitalista.
China se había abierto, sin duda. Sin embargo, las potencias occidentales no pudieron hacer allí cuanto deseaban. Las empresas extranjeras obtuvieron el derecho a instalarse y acceder al mercado chino, pero a cambio debían transferir sus tecnologías. Esta apertura sentó las bases de una profunda industrialización y de un enorme crecimiento de la clase obrera. No obstante, la entrada de empresas extranjeras estuvo dirigida y supervisada por el aparato estatal chino. Así, la poderosa industria del país logró incrementar su producción, convertirse en «el taller del mundo» y expandirse en el mercado internacional. Pero los productos extranjeros no consiguieron penetrar en el mercado chino en la medida esperada: gran parte de la población seguía siendo demasiado pobre para acceder a ellos.
A su manera, China sigue siendo impenetrable. Incluso hoy, cuando parece haberse abierto a un mercado dominado por el imperialismo, su mercado interno continúa siendo de difícil acceso. Está protegido de forma casi militar por el Partido Comunista, surgido de una revolución social que movilizó a cientos de millones de campesinos y transformó de raíz la antigua China. Sin embargo, al frente del Estado, el Partido Comunista parece haber seguido, en muchos aspectos, los pasos del milenario imperio chino.
Tras la apertura forzada por los ingleses durante las guerras del opio, nació una nueva China. Se inauguraba así una era de revoluciones: la nacionalista de 1911, aplastada; la proletaria de 1927, también aplastada; y la campesina y nacionalista de Mao, que triunfó bajo la denominación de comunista, aunque no fue en absoluto proletaria (¡cuestión de época!). Tras su entrada forzada en el mundo moderno, ¿en qué bando se alinearía China?
Este tema se abordará en tres partes. Este primer artículo estará dedicado a las guerras del opio. El siglo XX, un periodo de agitación y una era de revoluciones, será objeto de un próximo número de «Lutte de classe». Por último, el papel de China en la economía mundial, desde la perspectiva de su ruptura con el mercado mundial, se analizará en un número posterior.
Las guerras del opio: el brutal intento de obligar a China a abrirse al comercio exterior
Esta resistencia al comercio británico, en un momento en que este se hallaba en plena expansión durante el siglo XIX, chocaba frontalmente con los objetivos ingleses en Oriente. Por ello, Gran Bretaña emprendió una operación destinada a derribar las barreras al libre comercio levantadas por el Imperio chino.
En aquel contexto, solo un producto lograba penetrar con facilidad en China, al margen de las trabas administrativas impuestas por los funcionarios: el opio, introducido de contrabando a través de canales clandestinos y oficiosos. Los ingleses aprovecharon esta circunstancia como una palanca de presión y, para imponerla, desencadenaron las guerras del opio, guerras tan infames como injustificables.
«Por supuesto, el comercio de esclavos tenía algo de misericordioso en comparación con el comercio del opio: no arruinábamos el organismo de los africanos, pues nos interesaba directamente mantenerlos con vida; no depravábamos su naturaleza, ni corrompíamos su espíritu, ni matábamos su alma. En cambio, el vendedor de opio mata el cuerpo tras haber pervertido, degradado y arruinado el alma de los desdichados pecadores. «Con cada hora que pasa, se sacrifican nuevas víctimas a este insaciable Moloch», declara Montgomery Martin, representante inglés en China, citado por Marx no sin cierta ironía (1). ¡Hay que reconocer que, cuando los comerciantes se ponen manos a la obra, no se andan con miramientos…!
Un asunto inglés
En el siglo XVII, Gran Bretaña avanzaba por la senda del desarrollo capitalista y, tras orientar definitivamente su industria hacia el mar, comenzaba a ver cómo las riquezas afluían a su territorio. Buena parte de esa prosperidad procedía de las expediciones de filibusteros que atacaban y saqueaban los barcos de las potencias dominantes de la época.
El nombre de algunos navíos ingleses, como el Why Not I (¿Por qué no yo?), deja pocas dudas sobre el carácter que se forjaba entonces: el de contrabandistas y oportunistas dispuestos a todo con tal de obtener beneficios.
Así, en el siglo XVIII, Gran Bretaña aspiraba a consolidarse entre las grandes potencias. Incluso logró participar en el comercio de esclavos en igualdad de condiciones con Portugal, España y los Países Bajos, que hasta entonces habían mantenido el monopolio de esta actividad. Muchos hombres, a menudo procedentes de orígenes humildes, hicieron fortuna gracias a ella. Los traficantes de esclavos de Liverpool eran conocidos por sus cínicos comentarios sobre la trata; la consideraban como uno de los negocios más prósperos, idóneo para fomentar el espíritu emprendedor y asegurar el éxito de los jóvenes.
___________
(1) Karl Marx, New York Daily Tribune, 20 de septiembre de 1858. Martin era tesorero del consulado británico en China y miembro del Consejo Legislativo de Hong Kong.