Una revuelta legítima a la que los trabajadores pueden dar un rumbo

Nathalie Arthaud* - 20/10/2026

 

Según el Gobierno, el 17 de octubre más de 550 000 personas salimos a manifestarnos: el doble que en la movilización de los estudiantes de secundaria del 6 de octubre. En todas las ciudades se vivió una auténtica marea humana. Jóvenes y no tan jóvenes exigieron unas condiciones educativas dignas y expresaron su hartazgo ante una vida reducida a la lucha constante por la supervivencia.

Sin embargo, no son estas reivindicaciones ni el entusiasmo de unas manifestaciones tan multitudinarias lo que ocupa los titulares. Lo que se comenta son los enfrentamientos con la policía, los saqueos de comercios y la destrucción de espacios públicos en varias ciudades.

Ambas realidades están relacionadas: reflejan una misma ira, alimentada por el aumento de las desigualdades y las injusticias. De hecho, cada vez más jóvenes y trabajadores creen que, para ser escuchados, es necesario destruir y enfrentarse a la policía.

Es indudable que el poder hace oídos sordos y guarda silencio ante el sufrimiento de las clases populares, y que hace falta luchar con determinación para arrancarle, aunque sea, lo mínimo indispensable para vivir. Pero lo esencial es que esa lucha se convierta en una causa capaz de movilizar a millones de personas. Destruir por destruir no nos ayuda en absoluto.

Los trabajadores conocen demasiado bien el valor de las cosas y el esfuerzo que cuesta fabricarlas y mantenerlas como para no indignarse ante el saqueo de edificios y pequeños comercios. Y es imposible no ver que esta violencia le hace el juego al poder.

Política del garrote

El Gobierno se aprovecha de este clima de guerra civil que él mismo ha contribuido a crear: primero, dejando que la situación se deteriorara; después, multiplicando las provocaciones y la violencia policial, porque no tiene nada que ofrecer a la juventud. Macron lo demostró una vez más en su discurso del domingo por la noche. Más allá de los gestos autoritarios y de la amenaza de prohibir las manifestaciones, ¡no tiene nada que ofrecer!

El Gobierno no quiere ceder nada a las clases populares, ni un céntimo. Sin embargo, en sus presupuestos reduce el impuesto adicional sobre los beneficios y regala 2.500 millones a las grandes empresas multimillonarias, mientras las petroleras se enriquecen a nuestra costa con miles de millones. ¡Claro que sabe responder a las reivindicaciones… cuando proceden de la alta burguesía, los accionistas y los multimillonarios!

 

 

Cuando los jóvenes no consiguen mejoras en sus condiciones de estudio y cuando nosotros, los trabajadores y trabajadoras, ya no podemos permitirnos nada y nos vemos obligados a renunciar incluso a los desplazamientos, sobran motivos para estar furiosos y levantarnos, dando continuidad al 17 de octubre.

Muchas mujeres y hombres de la clase trabajadora no creen que sea posible ganar y, por ello, no se implican en la lucha. Los enfrentamientos con la policía también contribuyen a sembrar miedo. Sin embargo, debemos comprender que los trabajadores representamos colectivamente una fuerza incomparablemente mayor que la mostrada hasta ahora en las calles.

La fuerza y la capacidad de organización están del lado de los trabajadores

Tenemos una capacidad de presión sobre el Gobierno y las grandes empresas mil veces mayor que quienes levantan barricadas y creen atacar al capitalismo rompiendo escaparates, porque ocupamos un lugar central en el sistema productivo.

Nuestro trabajo es la fuente de los beneficios y del capital. Eso nos otorga un enorme poder, que debemos emplear para defender nuestros intereses e impulsar el progreso de toda la sociedad.

Debemos aprender de las debilidades del movimiento de los chalecos amarillos. Es posible actuar con mayor eficacia que mediante las manifestaciones de los sábados y la ocupación de rotondas. Podemos tomar las riendas de nuestra lucha si utilizamos nuestras propias herramientas como trabajadores: la huelga y la ocupación de empresas.

Las mayores victorias se conquistaron cuando la lucha llegó al interior de las empresas; cuando no se dirigió solo contra el títere del Elíseo, sino también contra quienes lo manejan: los capitalistas.

Si mayo y junio de 1968 pasaron a la historia y abrieron nuevas perspectivas para los trabajadores, las mujeres y los jóvenes, fue porque las jornadas de barricadas y coches quemados en el Barrio Latino desembocaron en una huelga general de tres semanas que movilizó a 10 millones de trabajadores.

La incorporación de la clase trabajadora a la protesta puede ser decisiva para el futuro y el éxito de la movilización que sacude al país. Hablemos de ello en las empresas y organicémonos para avanzar en esa dirección.