Incendios gigantescos, olas de calor sucesivas, a cada cual de ellas más violentas y una sequía generalizada casi permanente, amenazan seriamente nuestra subsistencia.
Las catástrofes que se suceden no solo tienen consecuencias económicas. En el trabajo o en las viviendas el calor convierte la vida cotidiana en un infierno, cobrándose incluso en vidas humanas.
Estas catástrofes no son fruto de la fatalidad. Son el resultado del calentamiento global que los científicos llevan advirtiendo desde hace un par de décadas. Dicho calentamiento está provocado por la industria pesada, el transporte, la construcción, la agricultura intensiva y la deforestación a gran escala.
No es la «actividad humana» en abstracto quien provoca el calentamiento global. Es el sistema económico y social, basado en la competencia y la propiedad privada, en manos de la pequeña minoría poseedora del capital a quien la suerte de la humanidad no le importa lo más mínimo con tal de acumular suculentos beneficios, quien tiene toda la responsabilidad.
La producción y distribución de energía fósil en el mundo están en manos de una decena de grandes empresas, entre las que se encuentra la francesa TotalEnergies, disputándose entre ellas los yacimientos y mercados; provocando o aprovechándose de las guerras y las crisis económicas para acumular miles de millones sin preocuparse jamás por las consecuencias de sus actos.
Tras haber financiado organizaciones que negaban el calentamiento global, estas empresas invierten ahora en electricidad, energía eólica o solar, sin dejar de perforar y abrir nuevos yacimientos. En pocas palabras, los beneficios inmediatos tienen prioridad sobre el planeta.
Ante el caos provocado por la insensatez de los capitalistas, no podemos contar con el Estado, sea cual sea el partido político que lo dirija el próximo año.
Por supuesto, en plena crisis, los ministros se afanan. Multiplican las promesas a quienes tienen que hacer frente en el inmediato, directa o indirectamente, a las diferentes catástrofes (bomberos, médicos, etc.) Pero, una vez pasado el apuro… sacarán la sempiterna excusa del déficit público y se seguirán recortando drásticamente los servicios públicos.
Todas las instituciones del Estado y todas las leyes están concebidas para defender los intereses de los propietarios, los ricos y las grandes empresas.
Para protegernos del calentamiento global y frenarlo, es necesario anteponer los intereses de la población y su futuro a los beneficios de unos pocos. Y eso no puede hacerse sin reorganizar de arriba abajo la producción y la distribución de toda la riqueza.
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